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Lo de afuera puede desaparecer…

30 de abril 2026

Lo de afuera puede desaparecer…

Pero no estas 11 cosas que construís dentro de vos. A continuación, te revelaré lo que he aprendido durante estos 53 años:

Todo lo que está fuera de vos —amigos, títulos, posesiones, dinero, estatus social— puede desaparecer en cualquier momento, pero lo que construís dentro de vos nadie puede quitártelo.

Y eso es lo que tu pareja, tus hijos, tus padres y tus hermanos admiran. Si querés una vida matrimonial y familiar fuerte, estable y con sentido, enfocate en desarrollar lo que permanece.

Primero, tu carácter.

No somos lo que tenemos, no somos lo que sabemos, somos lo que hacemos cuando nadie nos ve.

• El carácter es lo único que resiste cuando todo lo demás cae, falla o desaparece.

Nuestro carácter revela quién somos, por qué hacemos lo que hacemos, por qué vivimos y cuál es nuestra verdadera prioridad y esperanza.

Segundo, tu fe.

Cuando en ciertos momentos de la vida todo se oscurece, no entendemos nada o casi nada y la situación es crítica, la fe inteligente, basada en las Sagradas Escrituras, nos mantiene firmes en el Camino de la Justicia, la Misericordia y la Fe; esto nos capacita para caminar con seguridad y fuerza.

La fe no niega las dificultades, pero nos recuerda que no es el final, que todo pasa, que todo le es posible al que cree.

Mientras más grandes son los desafíos, las decepciones sufridas y las tribulaciones, más fuerte se vuelve nuestra fe, cuando la ejercitamos con sinceridad y no religiosidad.

Tercero, tu conocimiento.

Todo lo que aprendemos y practicamos se queda en nosotros para siempre.

• Nadie puede robarnos una mente transformada por el Espíritu Santo, la mente de Cristo, formada a la Luz del Evangelio por medio de aprendizajes inteligentes.

Cuanto más aprendemos de nuestro Padre Celestial, más entendemos y cambiamos para mejor. De esta manera, dependemos menos de las personas, de las cosas y de las circunstancias favorables.

Cuarto, tu disciplina.

Hacer lo correcto con o sin ganas, sin aplausos, sin exhibirse en las redes sociales, sin excusas y sin el apoyo de las personas del trabajo, de la comunidad o del Grupo del que forma parte en la Iglesia.

La disciplina fortalece y levanta lo que las emociones, las fantasías y la fe emotiva no logran sostener.

Quinto, tu mentalidad.

No podés controlar todo lo que sucede ni cómo se comportan las personas a tu alrededor, pero sí podés decidir cómo interpretarlo y cómo reaccionar.

Esa interpretación en la fe puede levantarte, fortalecerte y ayudarte a madurar. En cambio, la emoción puede hundirte.

Sexto, tus habilidades.

Lo que practicás con constancia, fe y amor deja de ser esfuerzo y se convierte en parte de vos. Todos lo notan, fluye normalmente de tu interior.

La maestría no se improvisa, se construye una y otra vez, todos los días.

Séptimo, tu resiliencia.

La vida golpea. La gente critica y se burla… Eso es seguro. Pero tu fuerza se mide en cuántas veces decidís levantarte una vez más.

No te des por vencido por cometer un error, tropezar o equivocarte…

Octavo, tu autoconocimiento.

Entenderte es gobernarte. Saber dónde fallás, que tenés que mejorar o cambiar, ver qué te mueve y qué te debilita, es el inicio del verdadero dominio propio.

Es aprender y no volver a cometer los mismos errores.

Noveno, tu creatividad.

Pensar diferente, ver lo que otros no ven.

Tu capacidad de crear es una de las pocas riquezas que no se agotan. Valorala y usala a tu favor.  

Décimo, tu confianza.

No la que depende de tu capacidad, de tus experiencias, de tus recursos o de la aprobación externa, sino de la que nace de saber quién sos y dónde estás parado.

Cuando elegimos confiar en Dios y en quién somos delante de Él, nace una Fuerza sobrenatural en nuestro interior.

Undécimo, tu gratitud.

• Porque quien no valora lo que tiene, nunca estará en paz, aunque consiga más. Nunca estará satisfecho con los demás.

La gratitud ordena y equilibra el corazón y nos ayuda a proyectar un futuro mejor.

La gratitud nos hacer ver, entender y apreciar el lado bueno de las personas, la belleza de la vida y las oportunidades en medio de las dificultades.

Llego así a la conclusión de que la inversión más sabia y segura que podés hacer en tu vida es en vos mismo (fe, esperanza y amor en Dios), sin depender de nada ni de nadie, ni siquiera de las circunstancias.

Porque todo lo que construís en tu mente (espíritu), en tu alma (corazón) y en tu carácter (vida, prioridades) permanece para siempre.

Como bien Dijo el Autor de la Vida, el Señor Jesús:

… porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. Mateo 6:21

Entonces, la pregunta no es si estás construyendo algo, sino dónde está tu tesoro.

Fuerza, Dios está con vos y yo también. ¡Eia!

Nos vemos en breve, ¡en la IURD o en las Nubes!
Obispo Julio Freitas